EL MEJOR ANTÍDOTO
Relato finalista y accésit al estilo en
el
IV Concurso de relato corto sobre Alzheimer de AFAGA.
Apenas habían transcurrido unos meses, y Pablo,
infatigable, todos los domingos me formulaba su pregunta rutinaria: «Papá,
¿cuándo visitaremos al abuelo?»... Cada vez que escuchaba esas palabras
abandonar su párvula boca, me estremecía. No sabía dónde meterme ni qué
responder. Me faltaban excusas por poner; el henchido saco de pretextos y mentiras
piadosas que portaba sobre mi conciencia, comenzaba a rasgarse. ¡Cómo le iba a
explicar a un mico de seis años lo que realmente ocurría!
Mi
mujer me alentaba a que le diera una explicación. «No es de justicia mantener
al crío en ascuas. Será imposible sostener esta situación por tiempo
indefinido», me decía. Y qué razón llevaba..., pero el fugaz devenir de los acontecimientos
no me había dejado margen de reacción… Todo comenzó con aisladas pérdidas de la
noción del tiempo que fueron dando paso a bruscos cambios de humor… Su ánimo
comenzó a oscilar al igual que una embarcación zozobraba en mitad de una densa
tempestad… Las encrespadas olas le hicieron perder el rumbo y, una vez perdido,
ya no pudo retomarlo. Su razón quedó confinada en un intrincado dédalo de
oscuros y tortuosos senderos imposibles de desandar… Una enmarañada red de
encrucijadas y serpenteantes corredores impedía a mi padre regresar a mi lado.
Tras
meditar largo y tendido sobre lo que mi esposa me dijo, finalmente, una inverosímil
historia brotó de mi imaginación.
―Pablo,
hijo, tenemos que hablar... He de darte una mala noticia.
―¿Qué
sucede, papá?
―Es
con relación al abuelo... Sabes que llevas tiempo sin verle... Por cierto,
¿recuerdas qué le ocurrió a la abuela de Miguel?
―Claro
que sí... Se perdió y fuimos a buscarla por las calles. También estaba la
policía... Pero ¿qué tiene que ver eso con el abuelo? ―inquirió intrigado.
―Está
aconteciendo algo terrible en el pueblo. Me tienes que prometer que no vas
comentar nada sobre ello... Ni siquiera a tus mejores amigos.
―Lo
prometo... Pero dime, ¿qué sucede? ―preguntó con su dulce e inocente voz.
―Ven,
acércate y te lo diré en voz baja, no quiero que me escuchen… ―le susurré con
intención de crear suspense―. Pues…, Pablo, no lo vas a creer... Está rondando
por aquí, desde hace no demasiado, un espantoso... brujo.
―¿En
serio? ¿Uno auténtico? ¿De los que preparan pócimas y hacen trucos?
―Sí,
así es... ¿Y a que no sabes lo que está haciendo, el muy bellaco?
―¿El
qué, papá? ―preguntó una vez más, con
sus ojos como platos, colmado de curiosidad.
Había
conseguido captar su atención. Eso era lo relevante..., ahora solo hacía falta
que se creyera el resto del relato... Sabía que lo que me disponía a narrarle
no me sería útil eternamente, pero por desgracia, mi padre no duraría tanto
como para que mi hijo se cuestionara si lo que le decía era o no veraz.
―Ese
malévolo hechicero se está encargando de borrar a algunos ancianos su
memoria... El abuelo, de hecho, no se acuerda de casi nada, es más... ¡No se
acuerda ni de mí!
―¿Y
de mí se acuerda, papá? ―me preguntó albergando un resquicio de esperanza.
―Pues
no lo sé, hijo, lo desconozco.
―Entonces
tendremos que ir a visitarle para comprobarlo ―dijo con rotundidad.
―Mejor
no... ―le respondí sin esgrimir razón alguna.
―Pero,
papá, ¿cuándo vamos a ir a ver al abuelo? ¡Se nos va a hacer tarde! ―me
respondió, haciendo caso omiso a mi decisión.
Nada
de lo que yo decía servía para hacerle cambiar de opinión... A pesar de todo lo
que le había referido, él, pertinaz, proseguía con su optimismo intacto y su fe
inquebrantable.
―Pablo,
creo que es mejor que tú te quedes aquí, con mamá, mientras yo me acerco y le
echo un vistazo al abuelo, ¿no te parece? ―le propuse, temeroso por lo que
pudiera alegar en contra, como si de un abogado se tratase.
―Papá,
¡no podemos perder un instante! ¡Tenemos que buscar un antídoto para deshacer
el hechizo! ¡Vamos a mi cuarto, seguro que entre mis cuentos encontramos alguno
que nos diga qué hacer! Si no, preguntamos a mamá. Ella siempre tiene medicinas
guardadas...
Su
voluntad era férrea... El deseo por ver a su abuelo estaba por encima de todo y
de todos... Entonces me di cuenta de que ya no había vuelta atrás… A pesar de
ser un chiquillo, solo cabía que se diera cuenta por sí mismo, con sus propios
ojos, de que, lamentablemente, el abuelo ya no se acordaba de nosotros…
Horas
más tarde nos dirigimos a la residencia. Mi hijo parecía asustado, quizá le había
metido el miedo en el cuerpo con esa disparatada patraña… No es lo que
pretendía, mas la exasperación me llevó a ello… Cuando entramos en la
habitación, saludé a mi padre, como acostumbraba hacer, a pesar de ser
consciente de que él no sabía quién era yo… Sin embargo, algo cambió ese día…
De repente unas sentidas lágrimas recorrieron sus arrugadas mejillas. Después
de meses sin articular palabra, volví a escuchar aquella voz quebrada: «¡Pablo,
has venido a verme! ¡Te he echado de menos! ¡Ven y dame un abrazo!». Mi padre
tan sólo se acordaba de él… Ni rastro en su mente de mí, aunque eso no me
importó. Ambos se fundieron en un cándido abrazo que se vio interrumpido por la
ingenua ocurrencia que solo un niño sería capaz de tener: «¡Has visto, papá, te
lo dije y tú no me creías… Existe el antídoto! ¡Yo soy el antídoto! ¡Yo soy el
antídoto!», repetía una y otra vez, a la par que saltaba con los brazos en
alto.
He
escuchado en infinidad de ocasiones a muchos abuelos afirmar que se llega a
querer a un nieto más si cabe que a un hijo… Antes yo intuía que eso era
posible… Hoy sé que es verdad.
Ganador del 1er premio en el
VI Concurso MarzoRelatos de Espartinas (Sevilla).
Huye el tiempo veloz cuando veo cómo los chiquillos disfrutan
jugando. De repente, un descuido hizo que aquel niño cayera al gélido suelo del
parque. Haciéndose el duro aguantó el llanto. Apretó los dientes para que ni
una sola lágrima recorriera su tierna mejilla. Su papá, raudo, comenzó a
acariciarlo mientras le decía que no reprimiera el dolor, pero el pequeño replicó:
«No lloraré... eso es de niñas». Entonces el padre, sin dudarlo, le corrigió: «Te
equivocas, solo los valientes lloran, y tú seguro que lo eres». Acto seguido el
crío lo abrazó con fuerza; mientras yo, en la distancia, me emocionaba al
verlo.
PROMONTORIO DE LAS SIRENAS
Finalista en el
I Concurso de Microrrelatos Microalmería.
La neblina no impedía
atisbar desde la torre vigía los preciosos acantilados bañados por aguas
turquesas y verdes que rodeaban el abrupto y arriscado promontorio de las
sirenas, mientras éstas atraían, con sus dulces cantos, a propios y extraños
que sucumbían de inmediato, maravillados ante aquel bello paraje.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.